Los que fuimos

Los 17. Eran otros tiempos. Nos veo ahí, los cuatro adolescentes compartiendo guato, como cachorritos entusiastas, repartiendo mordiscos a diestra y siniestra, aparentando rudeza en nuestra inocencia. La ilegalidad nos tentó. No enamoramos de nuestras propias proyecciones creyéndonos invulnerables. Pensábamos que cuando llegaran las consecuencias no estaríamos ahí para recibirlas, que fácil es creer que se asumen los riesgos cuando no se conocen…

Me veo a mi mismo, con la actitud desafiante que otorga el saberse actuando con justicia, una justicia propia que poco tiene que ver con la Ley. Me sentía protegido por esta justicia ilusoria (¿pueden creerlo?). Veo atrás y me es difícil entender como con esa actitud kamikaze no llegaron antes lo putazos. Ahora creo que pensaba que había algo honorable en inmolarse, en afrontar la incertidumbre saltando al vacío.

“G” estaba loco y por lo que me han contado, sigue estándolo. Siempre lo supe, pero ¿quién menos indicado que yo para establecer parámetros de sanidad mental? Despues de todo éramos adolescentes y el mundo se nos presentaba como un lugar donde todo era falso, y la hipocresía recibía premios, la locura no era parte de eso.

Nunca me importo, ni eso ni su talento nato y gratuito para la violencia (una vez lo vi madrearse a tres cholos que lo interceptaron en Tlaltenango mientras viajaba en LSD, y en cosa de minutos los tres cholos estaban en el suelo) , ni su cleptomanía (siempre supe que me robaba a escondidas, nunca se lo eche en cara), ni su mitomanía, me interesaba más ese cuaderno que siempre llevaba con él.

Tenía decena de cuadernos y en ellos creaba mundos, universos, razas y culturas alienígenas de los que podía quedarse hablando horas. “G” solía decirme que hablaba constantemente con amigos imaginarios (creo que uno de ellos era una chica con un nombre impronunciable en un idioma propio) que le daban consejos. “G” se metía cualquier cosa que llegara a sus manos que le permitiera experimentar con su propio cerebro, jarabe para la tos, aire comprimido y similares. Pero su favorito era el ácido y solía tomárselo como si fueran cacahuates. Así que no me extraña.

Ahora por lo que me han contado “G” se dedica al robo de casas. Vi unas fotos recientes de “G” en el Facebook. Calvo y con bigote se ve como un señor, pero sus ojos conservan ese frenesí maniático, tiene videos hablando de sus mundos propios. Lo que me alejo de él no fue su locura ni nada de lo anterior. Me lo lleve a Chiapas en mi primer rol de verdad, no se adapto a la necesidad que impone el rol de improvisar y generar el día, y en ese mismo rol yo me separe de él y viaje por mi cuenta. En algún momento “G” violo mi confianza y dijo cosas que no debía decir a quien no debía decirlas. No le guarde rencor por eso, pero cerre la puerta. En todo caso creo que hay gente de la que es mejor alejarse, independientemente de los buenos momentos compartidos y el cariño que se les tuvo. “G” es para mí la definición de “inestable” y era un imán de problemas, y sus problemas eran contagiosos y agarraban parejo a la gente a su alrededor.

“A” por su parte era un tipo muy inteligente, sumamente racional y metódico. Técnico en computación, tenía un gran amor por la naturaleza que lo impulsaba a un cierto odio al sistema humano, recuerdo que le pase el pdf del “manifiesto unabomber” y estaba fascinado. Era el más experimentado en el terreno del “deal”. Era el tipo al que sus amigos le daban varo para ir a conectar. Un día en una de esas excursiones lo agarro la tira con un K. Yo no lo supe hasta años despues, pero fue torturado con electricidad. En la mañana recibí su llamada telefónica desde el sector, no llamo a su madre me llamo a mí. Organice una fiesta para juntar fondos para su fianza. No fue suficiente. Su foto apareció en el periódico posando junto a su material.
Con “A” seguí en contacto despues de que me marché al D.F. Lo veía de vez en cuando y nos fumábamos un toque en su azotea viendo el horizonte y hablando de los viejos tiempos. Ya entonces “A” le había agarrado el gusto al perico, luego a la roca. Yo entonces era “jipi naturalista” y rehuí al polvo intuyendo mi posible destrucción (creo que hice bien, aunque ahora no soy virgen en ese sentido). Todo acabo mal con “A”. Hicimos un jale que salio mal. Se fue a vivir a playa del Carmen con su pareja y para su pasaje se llevó un varo que no le correspondia. Cuando se lo recrimine me dijo que tenía “la cabeza llena de mierda por todos los libros que había leído”. Moraleja no confíes en un adicto. Sin embargo, he de decir a su favor que varios años despues me llego un deposito por 3 mil pesos de playa del Carmen. No le guardo rencor, incluso espero que este bien, aunque su desaparición en ese momento me genero pedos graves que serán narrados en otra historia.

“F” era bastante maduro. Lo conozco desde kínder. No era menos pacheco que nosotros tres, ni estaba menos loco, pero era más centrado. Acabo en pedos con “G” a causa de la mitomanía de este (quien sabe si era mitómano, o realmente a esas alturas ya no podía distinguir entre la realidad y su ficción interna permanente), y acabo en pedos con “A” tambien a causa de un jale. “F” parece haber cambiado su vida de manera radical, aunque probablemente sigue echándose su porrito de vez en cuando. Ahora su gallo es AMLO, pero se le perdona. Me gustaría verlo.

A veces nos volvemos amigos de otros por compartir cosas no tan chidas. A veces es mejor abrirse a tiempo, antes de que el ancla de nuestras relaciones nos hunda poco a poco en lugares de los cuales no podemos volver. Yo me aleje, o mejor dicho me borre.
Creo que fue la decisión correcta, sin embargo, correctas o incorrectas, la única realidad es la decisión tomada. De cualquier forma, sería falso decir que estos amigos no me fueron entrañables, los cuatro formamos parte del proceso identitario de los demás. Pienso en ellos. Nos veo ahí. Haciendo un bong con una cubeta y una botella de dos litros, buscando hongos en el bosque, fumando porros en la azotea de mi abuela, entrenando box con “G” a manos desnudas, deambulando de noche en la ciudad a tropezones, antes de que la realidad narco-gore se volviera cotidianidad .
Pienso en ellos y pienso en esa canción de los Pogues, Rainy night in Soho: “…Vimos a nuestros amigos crecer juntos, y les hemos visto cuando caían. Algunos caían en el cielo, otros caían en el infierno…”

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random

No todas las historias, sobre todo en los terrenos intersubjetivos, terminan con una moraleja que nos permita  aprender la lección con una sonrisa entusiasta. No todas tienen una conclusión definida, de hecho, a veces no hay trama aristotélica. Ni tampoco podemos atender al principio científico del experimento, ensayo y error.

A veces las historias no siguen una narrativa definida, a veces lo que queda de la interpretación intuitiva es un cierto sentido del absurdo. De lo random que es la vida, que nos pone personas bellas solo para ver sus espaldas alejarse. De lo frágil, difuso y atesorable que es el contacto entre individu@s y las raras coincidencias que lo generan.

No encuentro moraleja, la he buscado, tampoco creo que la historia se haya acabado de contar, aunque tal vez quede en la inconclusión, ni creo que sea una sola historia,  ella seguramente tendrá la suya propia, una quizás más racional y comprensible. No encuentro moraleja en mi historia, pues si la busco la más probable sea aquella que indica los peligros de abrirse ante el otro, y esos fueron asumidos desde un principio, pues valía la pena. Vengo de la desconfianza hermética y ahora no creo que sea un error expresar, aunque tal vez no lo haga muy bien y tenga el mecanismo oxidado.

Tampoco creo que lo que vi en ella, eso que me inspiro a acercarme en primer lugar, no exista.

Quiero pensar que, aun si elijo olvidarla, hay un instante enlatado que quedara en el tiempo y el espacio en donde hubo una cierta conexión, un cierto aprecio mutuo, una cierta complicidad. Y que ese instante, aunque tal vez ya haya pasado, no por eso es menos real.  Y tal vez eso es todo lo que tenía que ser, no menos relevante o significativo que nada más.

Y quizás siendo supersticioso, al pensar que las intenciones se hacen eco en el cosmos (al que probablemente todo esto le resulte irrelevante) pienso: “que sea lo mejor para ella y su proceso…”

Y tal vez toca asumir distancia y seguir caminando solo por ahora, así aprendí a hacerlo y es como mejor me sale. Con solo la dosis mínima de cinismo para que actué de analgésico, sin que cause habito, porque ya de síndromes de abstinencia tengo suficiente.

Infiernos

Hace unas dos o tres semanas estaba en el pesero que va de Santo Domingo Coyoacán a General Anaya, me percaté de que en el asiento atrás mio había una viejita indigente con su plástico y sus cobijas. Estaba ensimismado con mis audífonos y de pronto la señora se sentó a mi lado, me pregunto si me molestaba su plástico, le dije que no y me volví a poner mis audífonos. De pronto me toco el hombro, me quite los audífonos, y me dijo “mira mi cortada, tócala” y me enseño su mano. Tenía una cicatriz ya curada años atrás, y dije “bueno” y la toque para darle gusto y seguir en mis pensamientos. Me dijo: “Me duele, pero más me duele que usted se va a ir al infierno eterno.”
Le pregunte qué porque decía eso, y me dijo que porque yo caminaba con el diablo… Le dije que no, que el infierno estaba aquí ahora y yo no andaba ahí. Volví a ponerme los audífonos. Por Copilco volvió a tocarme el hombro y me dijo que respetaba como pensaba pero que yo sabía que iba por malos pasos. Le dije que yo tembien respetaba su pensamiento pero que según yo no, que actualmente trataba de caminar por el mundo perjudicando lo menos posible. Le dije tambien que nos acabábamos de conocer en ese momento, y ella me dijo que me conocía de toda la vida. Nuevamente desconcertado, volví a poner mi musica.
Por Miguel Ángel de Quevedo volvió a tocarme el hombro, otra vez me quite los audífonos. Me dijo : “Yo quisiera que usted fuera feliz, pero en esta vida nadie es feliz” le dije que todos lo intentábamos, que de eso se trata todo el asunto, ¿no?. Finalmente llegamos al destino y nos despedimos, pero me dejo pensando. No crecí en una familia religiosa. No creo en el infierno, tampoco creo particularmente en el cielo. Si acaso creo en lo que dice Italo Calvino sobre el cielo y el infierno en sus ciudades invisibles, eso de que:
“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.
No creo por ejemplo en lo que dice Sartre de que “el infierno son los otros”. Algunos más que otros, supongo.
Algunos compas de antaño viven adicciones feas. Eso es un infierno. Tambien conozco a padres que sobrevivieron a sus hijos. Eso tambien es un infierno. En Guate tope a gente que vio como sus propios vecinos masacraban su aldea durante la guerra, eso es bastante infernal. Pero los compas adictos tienen el poder de cambiar su realidad si así lo desearan, los padres cuyos hijos se adelantaron vivirán toda su vida con un vacío insuperable, si, pero tambien han podido generar cosas bellas y encontrar cierta paz, los compas de Chimaltenango tras el trauma, a través de su cosmovisión y el fortalecimiento de sus raíces encontraron curación.
La vida es vida porque sigue su curso, no importa como tratemos de manipularla, bloquearla, encausarla, no hay presa que detenga ese rio. Nuestros dolores, nuestra visión de túnel que a veces nos hace ver el mundo a través de nuestras heridas, es cuestión de perspectiva. Si. Las cicatrices forman parte de nuestra identidad, pero tambien los momentos bellos. No creo en el infierno como lugar de “castigo eterno”. No creo ni en los castigos cósmicos ni en la eternidades si a esas vamos.
No sé qué vio en mi esa señora, lo adjudico a que llevaba una chamarra de jerga de colores rojizos. No me siento particularmente infernal. Pero respeto a los locos, ven cosas que nosotros no y cargan pesos que desconocemos…
En fin, mi camión esta por salir, a ver que me dice la Mazateca al respecto.

Parásitos intestinales

Las voces interiores son particularmente disruptivas estos días. No me dejan tranquilo. Están presentes desde que me levanto y preparo el primer café de la mañana, hasta que voy a acostarme. Parece una asamblea ahí adentro. Algo así como la Asamblea Constituyente rusa de 1917. Tal vez necesitan saber que soy un tipo que acostumbra comer lo que sea que se le presente en sus alegres viajes urbanos. Nunca me he desparasitado. Yo sé que las voces que retumban en mi interior en realidad pertenecen a las tenias, gardias, amibas, áscaris y lamblias.

En realidad, cada una de las distintas especies de parasito, tiene digamos, una personalidad colectiva.

Las tenias son particularmente apáticas y egoístas, la vida y la muerte les son del todo indiferentes, expertas en el arte de la procrastinación no les importa si todo a su alrededor arde en llamas, ellas solo quieren que las dejen tranquilas.

Las amibas en cambio conforman un colectivo aguerrido y beligerante. Son impulsivas y necias. Se aferran a sus decisiones, aunque sean bastante malas. Esas amibas son pequeños y reactivos bolcheviques unicelulares, por igual pasionales, prontos a la violencia revolucionaria e idealistas. Para ellas el fin siempre justificara los medios.

Las gardias son las más calculadoras del grupo. Metódicas, procuran no dejar nada en manos del azar. Persiguen la ilusión del control, y cuando el caos toca a su puerta para mostrarles que no tenemos realmente control de nada no saben qué hacer y se quedan inmóviles ante el shock que supone enfrentarse al fin de sus expectativas

Los áscaris por su parte son creaturas de gran dulzura, empatía, brillan en su compasión para con todo lo vivo.  Esas lombrices son unos pequeños budas iluminados, los demás parásitos los respetan, aunque son algo condescendientes con ellas, las consideran alguna clase de “loco sagrado” al que hay que dejar en paz y ayudarse de su intuición de vez en cuando.

Las lamblias son las más astutas de los protozoarios. Tienen mucha inteligencia callejera, llegaron con los tacos de suadero que se ponen afuera del Metro Portales a pasada la madrugada, ha de ser por eso. No confían en nada ni nadie y ocultan sus verdaderas intenciones tras una microscópica sonrisa torcida que puede parecer socarrona o amenazante dependiendo del contexto.

Mi psiquiatra, el doctor Pedro Navarro, no comprende que las voces corresponden a la sociedad parasitaria que vive en mis entrañas. No entiende que cada una de las facciones de organismos unicelulares toma el control de vez en cuando del gobierno de mi cuerpo y mente. La teoría del doctor Pedro Navarro es que en algún momento de mi vida experimente lo que él llama un “traumatismo psíquico“ por el cual me replegué adentro de mí mismo. Según el me rendí y dejé que distintos extremos de mi personalidad se separaran y les di a ellos el volante de mi vida mientras me convertía más bien en alguna clase de observador distante.

Me da lástima el doctor Pedro Navarro, en el fondo es un buen tipo y quiere ayudar, pero es algo corto de mente. Según el, la idea de que los parásitos intestinales repercutan en nuestra conciencia no tiene ninguna validez científica. Según yo, la idea de que la mente y la consciencia, básicamente la subjetividad, pueda ser contemplada y categorizada bajo una escala de “normalidad”, es ridícula y tiende a la búsqueda de homogenización. Según él, hay una “realidad” única y universal que es interpretado de manera distinta a través de nuestra mente y nuestros sentidos. Según yo hay varias realidades y todas son igualmente válidas. Le he explicado mil veces que él no me puede convencer realmente de que mucho de lo que todos somos no es quizás un reflejo de montones de influencias sutiles de montones de entidades distintas.

Me dice que solo hay una forma de comprobar quien tiene razón, desparasitarme con Amefin ®. Le explico que no estoy dispuesto a cometer un genocidio solo para legitimar su visión del mundo. Le intento explicar que tambien tengo algo de miedo de que se disipen las voces de los parásitos, a fin de cuenta son parte de mí, hemos vivido juntos por años, hemos comido lo mismo, hemos pasado muchas cosas juntos, ¿y que pasaría si se van y me dejan solo un silencio agobiante? Intento decirle eso, pero para entonces como suele suceder cuando intento explicar cosas profundas, me encuentro ladrando como un perro… Bueno en realidad es un sonido que es una mezcla entre el ladrido un perro y el alarido de un guajolote enojado.

Tal vez solo iba a ver al doctor Pedro Navarro por las coloridas píldoras que me recetaba. Con las coloridas píldoras, la asamblea constituyente de parásitos y yo llegamos a un consenso y nos poníamos a trabajar todos en un bien común. Que es, por supuesto, comer y sobrevivir. Pero hoy el doctor Pedro Navarro me llamo y me dijo que no me daría más píldoras coloridas hasta que me desparasitara. Fue tanta mi contrariedad que no pude evitar ladrarle y guajolotearle por teléfono.  Así que no me quedo otra opción que hablarle a mi viejo amigo Carlos.

Carlos no es psiquiatra ni nada por el estilo, es un viejo amigo de la primaria al que hace un par de años que no veo. Estudio algunos semestres de química farmacéutica, lo suficiente como para montar su propio negocio y ganarse la independencia económica a través de la ilegalidad. Me debe un par de favores y alguna vez me dijo que si necesitaba algo lo buscara. Todavía tengo su tarjeta de presentacion en el primer cajón de mi cómoda.

Marco al número indicado. Tras tres o cuatro tono contesta una voz:

-¿Quién habla?

-Hola Carlos soy yo, Rodrigo Artemio Telesforo Primitivo López, requiero de tus servicios – alcanzo a decir controlando las ganas de ladrar guajoloteando.

-Hey Rudy ¿Y ese milagro, cómo estás?, ¿te sigue volando alto la ardilla? “

-No me vuela nada, son los parásitos intestinales.

– ¡Ja! Claro, los parásitos… No te preocupes, voy para allá, llego en veinte, tengo justo lo que necesitas.

Efectivamente Carlos llega media hora despues. Me saluda cordialmente y me da un gotero. “Lo mejor que la síntesis del cornezuelo de centeno puede lograr con los medios disponibles actualmente. Solo no te pases de una gota o dos. Favor pagado.” me dice antes que lo acompañe a la puerta.

Evidentemente no le hago caso, así que coloco un gotero completo en un vaso de jugo de naranja. Y me lo tomo. No siento nada así que vuelvo a prepararme la misma dosis y me tomo. Cuarenta minutos despues las cosas se empiezan a poner un poco raritas.  Toda la habitación parece moverse y disolverse al mismo tiempo. La atmosfera se vuelve al mismo tiempo liquida y gaseosa. Extraños fractales coloridos empiezan a surgir por todos lados y palpitan al ritmo de mi taquicardia. Cierro los ojos. Las voces se vuelven más nítidas. Los abro de nuevo, de pronto ya no estoy en la habitación.

Me encuentro en un auditorio hecho de carne y vísceras (mi carne y vísceras), rodeado de elegantes representantes de mi micro fauna estomacal. En el centro del auditorio tiene la palabra el representante de las amibas y habla como un pequeño Lenin.

-Nosotras las amibas llegamos aquí antes que cualquiera de ustedes. Fuimos nosotras quienes a costa de nuestra sangre y dolor tomamos el control de este cuerpo y convocamos al primer congreso interno de parásitos estomacales, y por lo tanto tenemos el legítimo derecho de presidir esta asamblea, por sobre los intereses contrarrevolucionarios que se ciernen sobre nosotros. Acusamos públicamente ante ustedes, honorables camaradas, a las lamblias de traicionar los principios que conforman esta asamblea y abogamos por una purga inmediata que nos libre de estos lumpens traidores.

El vocero de las lamblias, vestido de pachuco, lanza una sonrisa desdeñosa y responde:

-Tal vez ustedes llegaron primero, pero nosotros desde que llegamos aquí, esa noche en un taco de carne de perro, entregado por las manos sucias del taquero, le hemos puesto barrio al asunto. Ustedes tendrán muchas proclamas y discursos, pero están muy morros, y no conocen la realidad de las calles. Aquí perro come perro. Y el que no se pone trucha se lo chingan. Y ustedes están muy tiernitos. Dan ternurita.

El representante de las tenias, blanco y larguirucho, despierta entre bostezos y dice.

-Ya acaben, quiero ir a ver mi serie en Netflix. A mí todo esto me vale madres. Déjenme tranquilo…

Las gardias por su parte piden moción de procedimiento:

– Estimados parásitos, nos encontramos aquí reunidos por encima de intereses personales y pedimos orden en la sala. Debemos mantenernos deacuerdo al procedimiento, y planear un proceder específico para cada problemática, evitemos argumentos ad hominem y actuemos deacuerdo al bien común.

Alza la mano el representante de los áscaris esgrimiendo una dulce sonrisa de beatidad.

El representante de lass lamblias murmura: “¿Otra vez dejaron entrar a ese loco?”

El de las amibas, por su parte dice en voz baja: “ese esencialista metafísico hippie viene a romper la asamblea.”

Pero igual se le da la palabra al áscari.

-Queridos amigos, tal vez no se hayan percatado, pero entre nosotros se encuentra un invitado importante, o, mejor dicho, nuestro mecenas y anfitrión, y creo que debemos dejar que diga lo que nos quiere decir.

Todas las miradas se ciernen sobre mí, murmullos y exclamaciones de sorpresa llenan el auditorio… Empiezo a sentir pánico escénico. Empiezo a ladrar como perro-guajolote nuevamente, pero logro controlarme.

-Eh, hola a todos. Soy yo Rodrigo, el dueño de este cuerpo. Ejem… Quería decirles que aunque disfruto de su compañía y tal, empiezo a tener algunos problemillas por sus voces. Ejem… No sé si podrían porfavor ayudarme a no ser siempre un desastre andante. Entiendo que lo que se discute aquí es importante, pero tambien mi vida lo es, ¿no?, digo, nuestra vida… No puedo ir siempre por el mundo escuchando su polifonía, me confunde y desorienta. Y el doctor Pedro Navarro ya no me quiere dar más pildoritas de colores hasta que me desparasite. Yo no quiero, les tengo cariño, pero necesito que mi vida sea un poquito menos caótica y extraña.

El representante de las gardias pregunta que propongo.

Me quedo un rato en silencio y digo que me gustaría que al menos temporalmente establecer un triunvirato parlamentario en donde este el áscari, la gardia, y yo.

Hay exclamaciones de sorpresa e indignación, pero tras mucho deliberar los demás involucrados acceden a regañadientes. Solo queda ver la forma en la que me haré presente en la asamblea, pues todavía no poseo el don de la omnipresencia.

Como en una epifanía se me ocurre algo, meto mi mano en el pecho, abro mi caja torácica  (lo cual no deja de sorprenderme considerando que estaba dentro de mi propio estomago) y saco mi corazón palpitante.

– Él se puede quedar aquí con ustedes.

Mi corazón palpitante me observa con una sonrisa de ternura y me dice con un guiño de ojo: “Bien guardadito me tenías, ¿verdad cabrón? A ver si por una vez me escuchas wey.”

De pronto vuelvo a mi habitación, por la fecha que aparece en la pantalla de mi computadora han pasado dos días desde que Carlos me dio el gotero. Al parecer deje la radio prendida, está el noticiero que anuncia:

“…El día de ayer, de manera sorprendente y desafiando toda lógica y razón, una extraña entidad apareció de la nada en plena sesión extraordinaria del Congreso General de la Organización de las Naciones Unidas que discutía acerca del cambio climático. Expresándose en un idioma desconocido pero comprensible a todos los presentes, dio a entender que se trataba de un representante de la macro consciencia planetaria. Expuso un ultimátum a la humanidad, a la que declaro parasitaria y disruptiva del equilibrio planetarios. El presidente de los Estados Unidos de América, Donald J. Trump y el de la Federación Rusa, Vladimir Putin, entre espasmos de vómito, diarrea psicosomática y llanto involuntario se dieron un abrazo y se comprometieron a cumplir las indicaciones dadas por la extraña entidad. Al parecer vienen cambios profundos en nuestra forma de relacionarnos con el planeta…”

Sonreí y por primera vez en años me volví a sentir tranquilo.

Niño

Desde niño he sentido que no pertenezco al época que me tocó vivir, ni a esta sociedad de apariencias donde se premia la falsedad y se castiga la sinceridad.

Desde pequeño tenía la noción de sin embargo) estar aquí con un propósito, sin tener muy claro cuál era este.

Pero yo también he sido permeado. Me deshice desesperado de mi inocencia en cuanto pude hacerlo. Me ensucie para encajar. Me mutile a mi mismo por aceptación.

Me volví un piloto de prueba de la transgresión. Jugué con mi percepción para ver que descubría adentro de mí. Y los juguetes me pasaron las facturas neuronales y los hábitos peligrosos.

Y en mi humanidad descubrí que no soy diferente del todo a aquello que desprecio.

Adormecí mi empatía para sobrevivir. Compartí sin pudor mis basureros emocionales. Y fui rechazado por otros que tampoco eran mejores que yo.

Fui al desierto. Me metí en peleas. Sangre. Viaje por el mundo y dormí en parques europeos en invierno. Fui atropellado en carreteras del sur del país. Un borracho trato de navajearme en Veracruz. El océano casi me traga en el Pacífico.

Me reconocí en otras caras y comprendí la insignificancia de mi propio dolor.

Y regrese. Me distraje y volví a caer en la inercia hedonista.

Pero ahora han vuelto viejos sueños que olvide en la infancia. Y con un poco de nostalgia recuerdo aquello que alegremente dejé en el camino, desesperado por su peso doloroso.

Y ahora empiezo a ser nuevamente consciente. Consciente de la misión.

Así que empiezo otra vez, a buscar al León niño, que nunca se fue del todo y se escondió en lo profundo de mis ojos, de aquel León cínico que quería destruirlo y ver arder el mundo.
Porque sólo alguien con un niño en los ojos puede saber cómo hacer de este mundo herido un lugar más digno.

Y estamos contra reloj, para ser quienes queremos ser y vivir el mundo que queremos vivir.

Chicabal

Chicabal

 

  Me veo a mi mismo en el 2013. Tengo 22 años. Me encuentro en mi segundo viaje largo por Guatemala. Como la mayoría de mis viajes, o como buena parte de mi vida, viajo solo. No estoy seguro de que pretendo encontrar ahí. Tal vez un retorno a uno de los muchos orígenes distantes de mi sangre. Tal vez regreso a cumplir algo que el padre de mi abuela pidió por dentro a sus descendientes mientras cruzaba el Suchiate para salvar su vida. Tal vez al buscar raíces esa versión previa pretendía superar sus propias contradicciones internas. O tal vez voy inspirado por mi amigo Toe que hace un par de días habría cumplido 32 años (cuya presencia viva en mi memoria nunca dejara de inspirarme), y que murió el año anterior a aquel viaje, y me conto sus experiencias por Guatemala, un lugar dramático donde la vida y la muerte se manifiestan juntas como una pareja enamorada caminando de la mano.

 

Si me pongo a pensarlo tenía que estar ahí. Algo me llevo a estar en esas tierras en ese momento. No iniciare un debate sobre la ambigüedad de la dicotomía casualidad/causalidad. A veces supongo que me pongo medio new ager, y creo que bien podemos estar pagando los traumas familiares de generaciones previas. Veo los dulces ojos marrones de mi abuelita trasladados a la cara de una niña, cruzando el rio a hombros de su padre sin entender porque se van y dejan todo atrás, sin entender que pasarían varias décadas para que pudiera regresar, sin entender que su padre regresaría por nostalgia o compromiso, y moriría en una cárcel guatemalteca sin volverla a ver. Sin saber que su futuro nieto León regresaría un día, por ese mismo rio y en el reflejo del agua vería esos mismos ojos marrones de su abuela en el reflejo de las aguas marrones del Suchiate, y en los ojos de las doñitas chapinas. Que su nieto León llegaría a Cobán y se sentaría en el pequeño zocalito transformado en vagabundo, y se la imaginaría paseando de la mano de su madre por el zócalo.

 

Guatemala es una tierra extraña. Tan hermosa como terrible. Una tierra donde el trauma se transporta como tarjeta de presentacion, se comparte en las relaciones intersubjetivas y en las borracheras de Quetzalteca. Donde el artesano que ves sentado en la calle fue guerrillero, donde el señor amable que predica el evangelio fue marero, y el viejito que juega ajedrez en el parque fue sargento de kaibiles y asesino y quemo aldeas enteras. Donde las víctimas son vecinos de los victimarios y se ven obligados a convivir, todos los días, en un bucle infinito de dolor e hipocresía. Donde puedes morir en la calle en Chimaltenango y te dejaran tirado y tardaran varias horas en recogerte, y nadie te prestara demasiada atención, pues la muerte es parte del cotidiano, como en todos lados, pero ahí es omnipresente.

 

Viajar en Guate, fuera del circuito turístico requiere aceptar esa omnipresencia de la muerte. He ido varias veces, no hay vez que no la haya visto pasar rozándome. Y sin embargo es en esa tierra golpeada donde tambien he tenido algunos de los días donde más vivo me he sentido. Hace algunos meses, un conocido me pregunto en la peda “ ¿todas tus historias son feas y sórdidas?” No, es solo que lo bello, los momentos de sincronía vital, aquellos que se transforman en recuerdos que a su vez se transforman en combustible en los días grises, son mucho más difíciles de narrar.

Pero supongo que lo intentaré. Intentaré explicar un día, un día donde la vida y la muerte se encontraron he hicieron en amor ante el voyeur que sería ese León de 22 años. Un día y un lugar. El lugar es Chicabal y el día, si bien no me acuerdo de la fecha exacta, si me acuerdo de lo azul que estaba el cielo, de las figuras que vi en las nubes, de cómo me sentía cuando tome el colectivo a San Martin Chile Verde.

 

Fue mi amigo valenciano Edgar alias Kawil Awip quien me hablo por primera vez de Chicabal cuando le pregunte en Chiapas que me recomendaba conocer cerca de Xela. Me hablo de un pequeño volcán inactivo con una lagunita encima que los pobladores cuidaban pues para ellos era sagrado. Esa era mi única referencia, así que despues de algunos días aclimatándome a la pensión barata llamada Casa Argentina (en honor al nombre de la dueña no al país) y haciendo amigos, y emborrachándome me decidí ir.

 

 Supongo que es un cliché decir que “no estaba preparado para lo que encontraría” pues finalmente nunca estamos realmente preparados para lo que encontramos, ni siquiera cuando así lo creemos. Me avergüenza decir que me imaginaba a Chicabal como un lugar ecoturístico tipo Agua Azul, o las Cascadas de Chiflón en Chiapas. Sin embargo, el lugar parecía estar vacío había una especie de caceta de vigilancia y un guardia que me cobro un precio simbólico.

Pensaba que no habría que caminar tanto para llegar, al final tarde un par de horas para llegar a la cuesta, y cuando llegue vi las ofrendas a la orilla del lago y me quede sentado durante horas ahí, en ese lago prístino, brillante, donde los peces nada tímidos pues sabían que no iban a ser pescados nadaban perezosos casi al ras de la orilla y donde esas aguas tranquilas pues en su condición de sagradas nunca habían sido enturbiadas por bañistas domingueros.

Recuerdo que llevaba una veladora. Recuerdo que la prendí y me quedé asombrado por el peso de emociones raras que me despertaba ese lugar. Recuerdo (y no me avergüenzo) que pedí ante la vela. Recuerdo como el peso de mis viejas cicatrices rancias iba desapareciendo poco a poco. Recuerdo que sin tristeza ni dolor mis lágrimas me llegaron por sorpresa y descendieron por mis mejillas y cayeron en esa tierra, y eran las mismas lagrimas que contuve de niño, no eran las lágrimas de ese León de 22 años.

. Antes había vivido experiencias catárquicas parecidas, en el desierto, en la sierra oaxaqueña. Pero siempre con la ayuda de ciertos cactus y ciertos hongos. Esto era diferente. Mi razón no podía achacarle a esa extraña explosión de murallas internas el efecto quimico de las plantas

Y de pronto mientras yo estaba así, llorando y sonriendo al mismo tiempo frente a una veladora, sentado en un tronco empieza a llegar gente, y me doy cuenta de que están poniendo nuevas ofrendas, y son muchos, tal vez unos 10 grupos de alrededor de 20 personas cada uno. Y lo hacen con una mezcla de alegría y solemnidad.

Yo mantengo una distancia respetuosa, y los saludo mientras van a las cruces veo que en cada cruz hay un anciano con un paliacate rojo en la cabeza, y me doy cuenta de que el azar o la causalidad me condujeron a ese lugar en un día especial. Me doy cuenta de que los que estoy viendo es una ceremonia importante. Veo como los ancianos se quedan cuidando y hablándole al fuego. Mientras las familias preparan la comida y se sientan riendo, y los niños juegan.

Y se me acerca uno de ellos, el más cholo. Supongo que le llame la atención por ser el único foráneo en ese lago. Y platicamos. “De dónde eres” “mexicano” Y me dice que él había estado en México camino al gabacho. Y nos caemos bien. Me invita a sentarme con ellos y me ofrecen de comer. Y me dicen que ese lugar y esa fecha en particular son sagrados para los mam y que cada año en esa fecha en el calendario ritual, los Mam de los alrededores se reúnen ahí para pedirle al “Dueño” por sus vivos y sus muertos. Para que las cosas se acomoden, y puedan moverse en sincronía. Y yo le pregunto al viejo que reza, que es tío de mi nuevo amigo, si puedo dejarle mi velita y un poco del copal que llevo conmigo como una ofrenda al lugar y dice que sí y simplemente los tira al fuego.

Y el viejo me pregunta mi nombre y se lo digo, y de pronto me doy cuenta de que esta pidiendo por mi al fuego, está rezando por mí al espíritu de ese lugar. Y me doy cuenta de que ese momento es único, que será irrepetible. Y nos quedamos ahí contando chistes, compartiendo historia y comida.

Finalmente llega la hora de irse. Me preguntan que a donde voy, les digo que a Xela, y me ofrecen un aventón.  Cada familia dejo una pick-up a mitad del cerro y subimos, fácilmente había más de 10 personas en la caja de atrás de la pick up. Seguimos platicando en la carretera contando chistes, me doy cuenta de que me están cabuleando en mam.

 Pero de pronto vamos viendo y una de las camionetas de atrás se derrapa. Un señor y una viejita caen de la caja. La camioneta queda precariamente al borde del barranco, solo una fila de llantas se encuentra sobre el pavimento, la otra flota en el vacío. Todos bajamos. El señor que se cayó se levanta sin quejas, aunque esta sangrando, y ayuda a la anciana a levantarse, un hilo de sangre cae por la sien de la doñita y sin embargo ambos están completamente tranquilos, como si no hubiera pasado nada.

La viejita y el señor, y todos los de las demás camionetas bajamos y empujamos y hacemos palanca hasta que  finalmente logramos poner la totalidad de la camioneta en tierra firme. Y arrancamos de nuevo. Llegamos al pueblo de mis nuevos amigos. Me explican con detalle donde tomar el colectivo a Xela. Y regreso. Y ya está, esa es la historia de un día muy especial para mí.